No hace mucho he conocido que hubo un tiempo en Guadalajara, la capital de la provincia donde vivo y he ejercido mi profesión durante tantos años, en el que se crearon aulas para formar ciudadanos libres de dogmas y escribo "ciudadanos" con total conciencia porque se creó sólo para varones, seguramente con el tiempo, si se le hubiese otorgado, para formar también ciudadanas.
Quiero dejar aquí esta entrada, en este apartado del blog que es mi pequeña historia como maestra, ahora ya jubilada, primero porque escribir me sirve a memorizar y si olvido algún dato o algún nombre lo tendré fácil para buscarlo.
Siempre me fascinó esta parte de nuestra historia y nunca dejaré de preguntarme: dónde habríamos llegado a nivel educativo en este país si una guerra fratricida y cruel no hubiese acabado con todo.
En el corazón de una España que despertaba a la modernidad, surgió un proyecto revolucionario: la Escuela Laica. Bajo el paraguas del legado de Felipe Nieto y la brisa renovadora de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y de la Escuela Moderna de Barcelona de Ferrer i Guardia, este centro desafió las convenciones de su época.
En septiembre de 1903, comenzó el curso escolar en la Escuela Laica. La educación era gratuita y, según Fernando Lozano (albacea de la herencia de Felipe Nieto), en el centro no se enseñaría:
"...otra doctrina que el amor a los padres, al trabajo, a la moral más pura, a la ciencia, al arte y el respeto y consideración a los demás seres racionales. En la escuela en proyecto, los niños estudiarán en el taller y en el campo la naturaleza y la vida, a la vez que en las clases los universales conocimientos indispensables para abrirse paso en el camino de la ciencia..."
La escuela, como escribí anteriormente se creó gracias al legado de Felipe Nieto, militar y político republicano progresista afincado en la ciudad.
El 15 de junio de 1885, este dictó su testamento en el que establecía que, cuando falleciese, se le entregasen a su hermana Juana sus propiedades y bienes y una vez fallecida ésta, todo el patrimonio se destinase a crear y sostener una Escuela Laica de primera enseñanza para varones en la ciudad de Guadalajara.
En 1902, a la muerte de Juana Nieto Benito, el único albacea vivo, Fernando Lozano, inició los trámites para la apertura de la Escuela Laica, adquiriendo la casa de los Belzas, en la calle del Barrionuevo Baja, 46 (hoy del Ingeniero Mariño, 42), un amplio edificio que tenía una extensa huerta y jardín.
| Retrato de Tomás de la Rica |
Con la llegada de la República en 1931, la Escuela Laica de Guadalajara vivió su momento de mayor esplendor. El nuevo régimen adoptó el laicismo como eje del Estado y vio en centros como este el modelo a seguir para la modernización de España.
Durante estos años, la escuela no solo educó a menores, sino que sirvió como centro de difusión cultural para la ciudad.
Los repetidos intentos de los sectores más conservadores y de los ámbitos eclesiásticos por clausurar la escuela no tuvieron éxito, la personalidad de Tomás de la Rica y el gran empeño de sus colaboradores fueron capaces de vencer todas las trabas y hasta que cerró en 1936 después de ser destruida por un bombardeo de la aviación franquista, en la renovación pedagógica del primer tercio del siglo XX y formaron a varias generaciones de alcarreños en un clima de exigencia intelectual y libertad personal.
Al finalizar el conflicto en 1939, el nuevo régimen franquista inició un proceso de depuración del magisterio. La institución fue clausurada y sus bienes incautados.
El edificio y el modelo educativo fueron reemplazados por una enseñanza estrictamente católica y nacionalista.
Tomás de la Rica al finalizar la guerra civil consiguió salir de España y refugiarse en Orán (actual Argelia) donde falleció en 1951.
Algunas otras figuras destacadas relacionadas con la Escuela Laica fueron:
Fernando Lozano Montes ("Demófilo"): Periodista y librepensador que colaboró estrechamente con Felipe Nieto para definir el carácter laico y progresista de la escuela desde su creación.
Isabel Muñoz Caravaca: Aunque su labor fue más amplia en la provincia, fue una de las intelectuales y maestras más influyentes vinculadas al espíritu de la escuela. Feminista y pionera de la pedagogía moderna, defendió el laicismo y la educación de la mujer en una época hostil.
Francisco Fernández Iparraguirre: Farmacéutico y lingüista local que formó parte de la vanguardia intelectual de Guadalajara que apoyó y nutrió el entorno cultural de la escuela.
Durante los años en que estuvo en funcionamiento la escuela aplicó los principios de la ILE:
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| Manuel Cossio, Giner de los Rios y Ricardo Rubio |
El ejercicio físico mejora las condiciones de una raza empobrecida.
El dibujo despierta maravillosamente el espíritu de observación y el amor por la naturaleza y el arte.
El canto inicia el sentido estético en la esfera más propia y familiar de la infancia.
Los ejercicios y juegos manuales educan para el aprendizaje técnico y dan rienda suelta a la tendencia plástica y creadora de la fantasía."
A diferencia de las escuelas de "instrucción" del momento, el día a día aquí se centraba en la curiosidad de la infancia.
Sin libros de texto rígidos: El alumnado no memorizaban manuales. Cada cual creaba su propio "cuaderno de clase" (una práctica típica de la ILE y la Escuela Moderna), donde dibujaba y escribía sus descubrimientos diarios.
La metodología era intuitiva y activa: En lugar de lecciones magistrales se fomentaba el diálogo. Se aprendía ciencia observando objetos reales y geografía analizando mapas y el entorno.
La higiene y la salud eran aspectos muy importantes. Fue de los primeros centros en Guadalajara en integrar la educación física y la higiene como materias esenciales, cuidando que las aulas estuvieran bien ventiladas y soleadas, algo revolucionario entonces.
El centro utilizaba herramientas modernas para la época, como proyecciones cinematográficas y se realizaban visitas a lugares históricos de la ciudad como el Palacio del Infantado., integrando la historia y el arte de la ciudad en la formación cotidiana.
Para la Escuela Laica, el entorno de Guadalajara era el mejor laboratorio posible. Las salidas eran frecuentes y planificadas bajo el concepto de "clase-paseo". Siguiendo los postulados de Giner de los Ríos, el aprendizaje no se limitaba al aula; las salidas al campo y las visitas culturales eran parte esencial del currículo para fomentar el espíritu crítico.
Se exploraba el entorno. Se realizaban excursiones a parajes naturales cercanos (como las riberas del Henares) y visitas a talleres de artesanos o fábricas locales. El objetivo era que el alumnado entendiera el mundo real y el trabajo.
Y también, por supuesto al ser considerada una
"escuela hermana" de la Escuela Moderna de Ferrer i Guàrdia,
también se fomentaban actividades que promovían la solidaridad y el
pensamiento racionalista frente a la superstición.
“Demostrar a la infancia que mientras una persona depende de otra se cometerán abusos y habrá tiranía y esclavitud, estudiar las causas que mantienen la ignorancia popular, conocer el origen de todas las prácticas rutinarias que dan vida al actual régimen insolidario, fijar la reflexión del alumnado sobre cuanto a la vista se nos presenta, tal ha de ser el programa de las escuelas racionalistas.”
Francisco Ferrer i Guardia
La historia de la Escuela Laica de
Guadalajara no es solo la crónica de un edificio desaparecido. Es el testimonio de una ambición:
la de una ciudad que, por unos años, se atrevió a imaginar que la educación
podía ser el motor de una libertad real, sin dogmas ni miedos.
Cuando en 1939 las puertas se cerraron y aquellos magníficos "cuadernos de aula" fueron sustituidos por clases magistrales, silencio y castigo, no
solo se perdió un centro educativo; se detuvo en seco un experimento de
modernidad que situaba a Guadalajara a la vanguardia pedagógica de Europa. Sin
embargo, su legado no quedó enterrado bajo los escombros de la guerra. Hoy,
cada vez que un docente prioriza el espíritu crítico sobre la memorización, o
cuando entendemos que el aula debe estar abierta a la naturaleza y a la vida,
el espíritu de la Escuela Laica y de la Institución Libre de Enseñanza vuelve a
respirar.
Recordar esta escuela no es un ejercicio de nostalgia, es un acto de justicia. Porque la educación laica y científica que defendieron es la base sobre la que se asientan nuestras libertades actuales. Maestras y maestros que pertenecían a la ILE y a la Escuela Moderna sabían que no hay democracia posible sin personas capaces de pensar por sí mismas; una lección que, casi un siglo después, sigue siendo tan urgente y necesaria como el primer día."



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