Durante el franquismo, la Iglesia católica recuperó
el control absoluto del sistema educativo español a través de la contrarreforma
conocida como nacionalcatolicismo. La educación se convirtió en un
instrumento ideológico para adoctrinar a las nuevas generaciones, eliminar la
herencia laica de la Segunda República y consolidar el poder del régimen
dictatorial.
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Las jornadas escolares incluían rezos, misas, rosarios y confesiones.
Se prohibió la coeducación por considerarse inmoral y contraria a la naturaleza.
Los niños recibían formación militarista; las niñas, labores domésticas y de sumisión.
Se fusionaron los dogmas católicos con el ideario de la Falange Española.
El Estado recortó la inversión pública, dejando las aulas en condiciones precarias.
Se eliminó el pensamiento crítico en favor del aprendizaje memorístico, especialmente del Catecismo
Como miles de docentes republicanos fueron fusilados, encarcelados o inhabilitados, las plazas vacantes se entregaron a excombatientes franquistas, viudas y religiosos que necesitaban un certificado de conducta y un informe favorable del párroco local.
Pedro Cuesta Escudero en su libro, Por una Educación pública de calidad dice: "En las escuelas de esas sociedades religiosas se inculca una sumisión ciega a la autoridad y no hay ninguna preocupación por el desenvolvimiento de la persona. Siempre prevalece lo estático, lo tradicional y cualquier cambio en la manera de pensar, de sentir o de hacer está anatemizado por la religión. Todo se basa en el culto a Dios, en el respeto a la tradición, en la sumisión absoluta. La educación gira siempre alrededor de un libro sagrado, al que se le atribuye origen divino, donde están contenidos los únicos y verdaderos conocimientos y cuya posesión constituye la verdad, la felicidad y toda la sabiduría posible. Como todo lo demás es considerado falso y pernicioso, la tendencia es combatirlo y eliminarlo para evitar su contaminación. (...)
La escuela ha de ser neutra, pero no por indiferentismo, sino como una tolerancia activa, que el alumno o la alumna pueda reconocer el derecho que también tienen los que no piensan como ellos y que, además, sepan que por encima de las oposiciones hay siempre un ideal de unidad de espíritu que cada uno realiza a su manera. La escuela ha de crear la conciencia íntima de la absoluta necesidad de la tolerancia, contrapartida de la intransigencia."
El franquismo necesitaba referentes intelectuales, por esa razón es muy relevante como se apropiaron de algunas figuras como Santiago Ramón y Cajal que falleció en octubre de 1934, dos años antes del estallido de la Guerra Civil. Al no haber vivido el conflicto, el régimen de Franco adoptó una doble y paradójica estrategia con su figura ya que este tenía fama mundial.
El aparato de propaganda del régimen instrumentalizó el profundo patriotismo de Cajal y omitió deliberadamente su perfil agnóstico, liberal, demócrata y fuertemente vinculado a la laica Institución Libre de Enseñanza. Lo retrataron falsamente como un genio aislado y místico que encajaba en los valores del nacional-catolicismo.
Mientras ensalzaba su nombre:
La dictadura destruyó la infraestructura científica que Cajal había creado. En 1939, el régimen disolvió la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) que él había presidido para fundar sobre sus ruinas el CSIC, con el fin de imponer un control ideológico y religioso sobre la ciencia.
Persiguió a sus discípulos, la célebre Escuela Histológica de Cajal sufrió una durísima depuración. Sus colaboradores directos y alumnos más brillantes (como Pío del Río Hortega, Fernando de Castro o Gonzalo Rodríguez Lafora) fueron represaliados, apartados de sus cátedras o empujados al exilio forzoso. El propio Instituto Cajal fue temporalmente descabezado y puesto en manos de directores afines al régimen que no guardaban relación con la neurociencia.
Cabe señalar que aunque la dictadura de Franco comenzó en 1939 no sería hasta 1953 cuando se firmara en Concordato con La Santa Sede ¿Por qué el Vaticano no se decidía?
Principalmente porque la Santa Sede ya disfrutaba de todos los privilegios prácticos en España sin necesidad de comprometer su reputación con una dictadura aislada internacionalmente. El papa Pío XII prefirió mantener una postura prudente y de espera estratégica por razones políticas.
El estallido de la Guerra Fría dio un giro radical a la situación internacional:
Estados Unidos dio un giro estratégico y comenzó a ver a Franco como un aliado útil y anticomunista. España era un lugar perfecto para instalar bases americanas y su gobernante estaba deseando salir de su aislamiento y que se le reconociera internacionalmente.
Cuando la Santa Sede vio que el acercamiento de España con Washington era inminente, decidió dar el paso definitivo. El Concordato entre el Estado español y la Santa Sede de 1953 se firmó el 27 de agosto, rompiendo oficialmente el aislamiento del régimen y sellando el denominado "nacionalcatolicismo".
El Concordato de 1953 otorgó a la Iglesia católica un poder sin precedentes, convirtiéndola en un pilar del Estado a nivel económico y formativo.
El régimen ahora totalmente avalado por el Vaticano entregó a la Iglesia el control ideológico de la juventud, la supervisión de las aulas y el monopolio de la moral pública: Religión obligatoria, censura escolar, vigilancia del profesorado, validación de títulos superiores otorgados en centros dependientes de la iglesia, acceso a la creación de medios de comunicación propios.
Además el Concordato supuso una exención total de impuestos por parte de la Iglesia, la Iglesia no pagaba contribuciones territoriales, impuestos sobre la renta, ni tasas por edificios eclesiásticos, residencias, conventos o seminarios. El Estado asumió la obligación de pagar un sueldo mensual a obispos, sacerdotes y religiosos (la llamada "dotación de culto y clero") y los bienes, objetos de culto y publicaciones importados por la Iglesia estaban libres de aranceles y derechos de aduana.
Durante el franquismo todos los logros e intentos de modernización de la educación se fueron al traste y durante años se vivieron tiempos oscuros.
Con la llegada del siglo XX, la escolarización de la totalidad de jóvenes de ambos sexos se convierte en objetivo prioritario de los pueblos civilizados y en muchos países se tratar de conseguir que la educación se pueda ofrecer en condiciones de alta calidad a toda la ciudadanía, sin distinciones.
En España, sin embargo, fue tardía la generalización de la Educación Básica, y al contrario que en Francia, donde al mismo tiempo de aprobarse la enseñanza básica obligatoria, se aprobaron los presupuestos para la construcción de nuevos centros educativos, en nuestro país se decreta la obligatoriedad de la Enseñanza Primaria, sin prevenir los medios para ello. La ley de 1964 extiende la obligatoriedad escolar desde los seis hasta los catorce años, pero hubo que esperar hasta mediados de la década de los ochenta para que la normativa se hiciera realidad.
Según expone Pepa Martínez López : "Llegó la modernización de la Educación bajo el título de unas siglas, LGE, de la mano del ministro José Luis Villar Palasí, marcando un año, 1970, como el punto de partida del cambio educativo.
El “plan nuevo” como se le llamaba popularmente, contó con mayor número de detractores que de seguidores, y marcó un antes y un después en la historia de la educación española, y si bien es cierto que el nuevo sistema educativo tenía como fin la revitalización del aparato ideológico del estado, adaptándolo a las nuevas exigencias del sistema capitalista, hay que reconocer que supuso una modernización del sistema, y que la nueva normativa, en su momento, proveyó a quienes abogaban por una educación diferente la necesaria coartada para la puesta en marcha de nuevas metodologías y un marco legal al que poder ceñirse los diferentes movimientos de renovación pedagógica que a partir de la década de los sesenta habían comenzado a renacer.
José Luis Villar Palasí, perteneciente al sector demócrata-cristiano del régimen, fue nombrado por Franco Ministro de Educación y Ciencia en 1968, en sustitución de Lora Tamayo, cuyo mandato estuvo constantemente marcado por los enfrentamientos con los estudiantes universitarios.
El Ministerio de la época de Villar Palasí se caracterizó por la elaboración de la LEY GENERAL DE EDUCACIÓN Y FINANCIACIÓN DE LA REFORMA EDUCATIVA, necesaria, según él, para “evitar los múltiples defectos en la enseñanza española” y se inició con la creación, en 1969, de un libro blanco, donde se analizaba el sistema educativo y los recursos de que se disponía.
La LGE, cuyo eje fue la EGB, fue un factor de modernización del sistema educativo y un punto de inflexión entre el franquismo y la democracia.
Con esta ley se daba gratuidad a la escuela primaria y fue un primer paso para la secularización. Mostraba una ambición pedagógica: nuevas metodologías, nuevas materias, mayor calidad… Y destaca el intento por dotar de igualdad de oportunidades a los futuros estudiantes. Por desgracia muchos de estos avances no se aplicaron hasta después del 1978.
Sus principales medidas fueron:
1. Educación gratuita y obligatoria desde los 6 a los 14 años (E.G.B.). Intentaba romper con la restricción de la Enseñanza Secundaria.
2. Un nuevo bachillerato con materias mixtas (letras y ciencias) (B.U.P)
3. Una nueva Formación Profesional (F.P.)
4. La creación de la Universidad Nacional de Educación a Distancia.
5. La consideración del proceso educativo desde la educación permanente.
Esta ley suponía la reforma de TODO EL SISTEMA EDUCATIVO, desde la educación preescolar a la universitaria, adaptándolo a las necesidades de escolarización. Como viene siendo habitual en nuestro país, la ley no estuvo dotada de los recursos económicos necesarios, y esa carencia fue la causa principal de la mayoría de sus defectos.
Además, los sectores más inmovilistas del franquismo no quisieron comprender la intención de adaptar, por medio de la modernización de la educación, la hegemonía ideológica a los nuevos tiempos del sistema oligárquico-financiero; por el contrario, el nuevo sistema les pareció innecesario, atrevido y peligroso.
Por todas estas causas, la Ley General de Educación se promulgó con múltiples recortes y añadidos de tendencia dogmática, por lo que pronto hubo que empezar a parchear con disposiciones aclaratorias su contenido.
Pues bien, aun así, supuso una auténtica revolución en la enseñanza. Y desde antes, incluso, de ser promulgada: la publicación del Libro Blanco de la Educación, en febrero de 1969 supuso la ruptura de los modelos de trabajo clásicos, pues por primera vez en treinta años, el gobierno se enfrentaba a su propio pasado, con una crítica a la estructura educativa existente, base para la búsqueda de soluciones adecuadas a los problemas."
Para saber más: LA ESCUELA FRANQUISTA Y EL NACIONALCATOLICISMO



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