Los niños y niñas tienen rabietas, y las personas adultas en muchas ocasiones nos sentimos desbordadas por sus comportamientos: gritos, lloros, violencia... Pensamos que nos están "retando" o que no se calman porque son unos consentidos.
Es entonces cuando puede que comencemos con amenazas sobre que les pasará si no paran y les hablamos como si fueran adultos tratando de que nos expliquen "qué les está pasando". Esto nos llega a exasperar más porque creemos que no nos hacen caso y comienza un bucle que no termina.
Y lo que pasa es que no es que no quiera hacerlo sino que su sistema nervioso no sabe hacerlo solo, necesita acompañamiento para aprender.
Isabelle Filliozat nos explica en su libro "No hay niño malo" que: " la infancia no tiene intención de manipular. En la primera infancia, lo que llamamos rabieta es en realidad una descarga de estrés necesaria. El cerebro infantil aún no tiene la capacidad de gestionar un exceso de cortisol (la hormona del estrés) y la explosión emocional es su única vía de escape. No es un pulso de poder, sino un grito de auxilio de un sistema desbordado que ha perdido el control de sus propios circuitos."
La regulación emocional en la infancia se aprende con experiencias, no con discursos. Se aprende con paciencia, con cariño y por imitación.
Recuerda hablarle con calma y con palabras sencillas. La neurociencia dice que esto el cuerpo lo recibe activando el nervio vago y reduce la activación amigdalar.
"La neurociencia, a través de la Teoría Polivagal de Stephen Porges, nos explica que el sistema nervioso en la infancia está constantemente escaneando el entorno en busca de señales de seguridad o de peligro. Durante una rabieta, el niño o la niña entra en un estado de 'lucha o huida'. Para salir de ahí, necesita activar su sistema de compromiso social, que solo se enciende cuando detecta en nosotras un tono de voz melódico, una expresión facial relajada. Nuestra calma actúa como un regulador biológico: al vernos y oírnos tranquilas, su nervio vago envía la señal de que el peligro ha pasado, permitiendo que su cuerpo abandone el estado defensivo y regrese a la conexión."
Piensa que lo importante no va a ser qué dices, sino cómo lo dices.
El contacto físico es necesario y eficaz, pero debe ser consentido y no forzado. Un acercamiento lento que termine en ese contacto.
El niño o la niña debe saber que llega ese contacto, no puede recibirlo por sorpresa.
Cuando ese contacto llega, el cuerpo entero entiende el mensaje, más que cualquier palabra que le podamos decir.
Una vez que lleguemos al contacto físico es muy bueno darle ritmo: El movimiento corporal bilateral ayuda a integrar las emociones más intensas. Movimientos suaves como mecer, apretar y soltar, mover nuestras manos en su espalda, en su pelo...
" Como señala Kim John Payne en La crianza con sencillez, el ritmo actúa como un 'filtro de seguridad' para su sistema nervioso. Al reducir el exceso de estímulos y mantener ritmos constantes, disminuimos la carga de estrés basal. Esto hace que su sistema ya no esté al límite, facilitando que nuestro acompañamiento sea mucho más efectivo y que el paso del caos a la calma sea más breve y fluido."
Cuando se vaya calmando ayudarle a nombrar lo que le está pasando sin emitir juicios. Sentir comprensión baja la intensidad emocional y poner palabras reduce la respuesta de alarma.
Una persona adulta calmada frente a una niña o niño en estado de descontrol es la más efectiva solución frente al problema.
Las neuronas espejo copian los estados emocionales y ese pequeño cuerpo cuyo sistema nervioso no sabía cómo llevarle a la calma, aprende y fija estrategias.
Cuando un peque aprende a calmarse solo es porque muchas veces antes se sintió sostenido, acompañado y comprendido.
El cerebro infantil necesita corregulación antes que autorregulación.
Acompañar desde la calma no es sólo resolver un conflicto del presente, es tejer la red de seguridad del futuro. Cada vez que elegimos el abrazo frente al grito y la presencia frente a la amenaza, le estamos entregando a ese niño o niña una brújula interna.
Algún día, cuando crezca y la vida le presente desafíos, sabrá calmarse de manera autónoma porque, mucho tiempo atrás, alguien le enseñó que no estaba solo en medio de su propia tormenta.
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