sábado, 19 de agosto de 2017

EL CASTILLO MÁGICO-MARAVILLOSO

CAPÍTULO VI

   Era un día de sol no especialmente caluroso teniendo en cuenta que era Agosto y los días anteriores las temperaturas habían sido bastante altas. Corría una brisa agradable y realmente se estaba estupendamente junto al mar.

   Carely había llegado a este pueblecito de la costa con su familia el día anterior para pasar unos días de vacaciones y esta mañana después de desayunar se habían preparado bien para pasar la primera jornada de playa: Sombrilla, toallas, unicornio hinchable, cubos, palas… Y tras darse una buena capa de crema por todo el cuerpo para proteger bien la piel de los rayos del sol, esto era lo que menos le gustaba a Carely, habían llegado a la playa.

   Carely y sus hermanos iban tremendamente ilusionados y nerviosos aunque escuchando las recomendaciones de sus papás de prudencia al entrar en el agua y de no alejarse mucho de donde habían instalado “su campamento”, a decir verdad, Enma y Carely escuchaban porque Yoye no sabía muy bien ni dónde iba, ni para qué eran las recomendaciones..  Rápidamente Enma y Carely se quitaron la ropa  mientras mamá ayudaba a Yoye con la camiseta  porque se había hecho un pequeño lío al intentar quitársela con prisas.

   Papá gritó – “¡Vamos, al agua!” – Y salieron corriendo.

   De repente Yoye se quedó paralizado al salir de la toalla y hundir sus piececitos en la arena, su cara expresaba la sorpresa y algo del malestar que le produjo ese contacto inicial, su papá y sus hermanas le animaban a seguirlos pero no se movió hasta que mamá dulcemente le cogió de la mano y le dijo – “No pasa nada, Yoye, ya verás que divertido.”-

   La cara de Yoye aún no expresaba  mucha confianza pero agarrado fuerte a la mano de su mamá llegó hasta que la primera ola rozó sus piernas y lanzó una risa nerviosa y asustada mirando a su madre con sorpresa.

   Enma salió del agua y se fue a por el unicornio hinchable, lo metió y empezaron a intentar subirse a él con la ayuda de papá, este les decía – “¡Vamos, tenemos que intentar subir todos a la vez!” – El unicornio no era lo bastante grande para eso por lo que el juego resultaba aún más divertido. Más tarde subieron a Yoye también mientras este decía - “…Pero, no me soltéis ¿eh?” -

   Después de un largo baño en la orilla salieron del agua agotados de la lucha contra las olas y el unicornio y comenzaron a hacer un castillo en la orilla. Carely se acercó a Enma y le comentó divertida con cara de pilla – “¿Sabes? Antes le he dicho a mamá que me hacía pis y me ha dicho que lo hiciera en el mar ¡De verdad, me lo ha dicho mamá! Da gustito…” – Enma soltó una risa cómplice y le dijo – “¡Pues, claro! Anda coge el rastrillo y alisa esa parte para poder hacer la muralla.” -

   Todos participaban en la construcción y a Yoye también le asignaron su tarea aunque él ya disfrutaba bastante con sólo estar cogiendo y soltando la arena echándosela por encima del cuerpo o hundiendo sus manitas en la arena.

   A punto casi de dar por terminado el castillo Carely se quedó quieta de repente y dejo la actividad para quedarse simplemente mirando... ¿Era el mar el que conseguía eso? ¿Tenían las olas un poder especial?  ¿Tenía esta arena cualidades extraordinarias? ¿Cómo conseguían que mayores y pequeños disfrutaran juntos así? ¿Acaso la brisa de la costa convierte en niños a los mayores? Estaban llenos de arena y no pasaba nada, su papá reía y se embadurnaba como ellos, no les regañaba por ensuciarse y jugaban como ellos. A su alrededor otros niños y niñas jugaban igual con sus papás y mamás.

   A su lado un niño que tendría su misma edad se tiraba pequeñas bolas de arena con su madre, se estaban poniendo perdidos… y un poco más lejos, metidos un poco en el agua un grupo de niños y adultos se tiraban el balón saltando entre las olas.

   Carely no entendía muy bien la razón pero se sentía inmensamente feliz  – “¡Carely, despierta!” – grito Enma sacándola de sus ensoñaciones – “¿No ibas a poner en la torre esa concha que habías encontrado?”-

   -“¡Sí, sí!” – contestó  y tras poner la pequeña concha en lo alto de la torre se lanzó  riendo a los brazos de su padre que estaba sentado cayendo los dos hacia atrás en la arena, abrazados.

  
 -“¿Qué nombre pondremos a nuestra fortaleza? “-  preguntó papá mientras se sacudía un poco la arena del bañador y Carely no lo dudó ni un segundo: 

“¡EL CASTILLO MÁGICO-MARAVILLOSO!” – 

   Ningún nombre le podía ir mejor para lo que le había hecho sentir, su familia soltó al unísono una carcajada.

   -“Y ahora… ¿Qué tal otro chapuzón?” -

Sin DISFRUTE en el juego, 
sin  COMPROMISO EMOCIONAL, 
no hay encuentro posible 
entre padres e hijos
 a través del JUEGO. 

   Los papás y las mamás siempre son el mejor juguete para sus hijos e hijas. Las interacciones que se dan en el juego familiar potencian las relaciones sociales (afecto, comprensión y adquisición de reglas sociales y lingüísticas) y crean oportunidades para explorar, aprender y refinar habilidades sociales.

   Cuando los adultos  jugamos nos transformamos y establecemos un espacio ficticio en el que dos generaciones pueden “igualarse” y dejarse llevar por reglas y acuerdos creados para jugar,  a través del juego, se recorta  la vida corriente, se cambian las reglas cotidianas y se construye un nuevo orden. 

    ¡Qué enorme desafío emocional para un adulto, dejar de tener el control total, atreverse a dejarse llevar por un momento!

   En el juego, el niño y la niña creen en su transformación y en lo que pueden lograr, a partir de allí, se van creando a sí mismos y van creciendo. Pero para que esto sea posible, es necesario que alguien que acompañe, otro que crea en la transformación y permitan con su mirada, con su actitud y con su palabra que se abran espacios, que se permitan y que no inhiban esa apuesta de quien quiere jugar.

   El vínculo y la cercanía con los padres, los posiciona en un espacio privilegiado, como los primeros compañeros de juego de los niños y los que acompañaran sus primeras experiencias lúdicas de placer y descubrimiento.

Dedicado a todos esos niños, niñas y familias desconocidas que tanto me hacen disfrutar mis paseos por la orilla del mar.