sábado, 1 de julio de 2017

CARELY Y LA NIÑA TRISTE


   Carely tiene cuatro años, no los ha cumplido hace mucho, invitó a unos poquitos amigos y amigas a merendar en casa y luego jugaron toda la tarde. Le cantaron cumpleaños feliz y aún se sonroja un poco al recordarlo pero ¡Se sentía tan dichosa! Sus papás le habían hecho una tarta de fresas, la que a ella más le gusta y todos lo habían pasado genial.

    Carely es menudita para su edad aunque un poquito regordeta. Tiene unos ojos castaños que brillan de una manera intensa cuando observa todo cuanto le rodea y que se detienen en los pequeños detalles y acontecimientos que ocurren a su alrededor de una manera muy especial. 

   En algunas ocasiones Carely no dice nada, mira y mira, analizando en su interior pero otras veces puede volver con sus preguntas realmente locos a los que tiene cerca.

   Hoy había ido mamá a buscala al cole y ahora están terminando de comer. Su mamá ya está recogiendo mientras Carely acaba la manzana que se está tomando de postre.

-          “Mamá hoy una niña estaba triste en el cole.” -  comenta de repente.

-          “Ah! Sí...” - Su madre contesta sin nada de entusiasmo mientras está metiendo las cosas en el lavavajillas. Hoy ha tenido un día cansado en el trabajo, bueno como casi todos y está deseando terminar para sentarse un ratito frente a la tele y descansar.

-          “Es importante que alguien esté triste ¿verdad mamá?” – insiste Carely.

-          “Claro, claro…Carely” – dice su madre con desgana mientras recoge un pequeño trozo de piel de manzana que su hija ha dejado caer sin querer mientras llevaba el plato hacia la encimera.

-          “Entonces ¿Por qué no te preocupas?” – Ahora el tono de Carely se ha tornado algo más inquisitivo.

-         “Porque no la conozco y además, cariño, seguro que ya no lo está.” – Su mamá le sonríe, ha terminado de recoger y sólo le queda dar un barrido rápido antes de reposar y recuperar fuerzas.

-          “Si te hubiera preocupado te contaría quién es. Es Rocío, lleva siempre unas deportivas muy chulas de color verde, sabe pintar mariposas muy bien y me gusta jugar con ella en el arenero a hacer albóndigas. ¿Cómo sabes que ya no está triste?” – Ahora Carely parece un poco contrariada y su gesto hace adivinar que  no está contenta.

-          “Pues, Carely porque ha pasado mucho rato desde que habéis salido del cole y ya estará en su casa…” – Su mamá contesta paciente e intentando poner  cariño en sus palabras.

-          “¿Cuánto rato dura la tristeza, mamá?” – vuelve a preguntar mientras se para camino del salón.
-          “Pues depende, Carely, si es algo muy importante puede durar mucho tiempo, si es una tontería pues se pasa en seguida.”

Entonces Carely fija los ojos en su madre mientras esta se acaba de sentar en el sofá – “¿Y por qué sabes que lo que le pasa a Rocío no es importante?”

-          “Porque seguramente será por algo que ha pasado en el cole y ya se le habrá olvidado…”

-          “A mí no se me ha olvidado que ella estaba triste, mamá  ¿Por qué a ella se le va olvidar por qué lo estaba?”
 

-          “Está bien, Carely ¿Y qué quieres que haga yo?”

-          “Nada, mamá…Sólo te lo contaba...  Yo... le he dejado a  Suavín”



 AMAR no es sólo QUERER
es también
COMPRENDER
y
CONECTAR

   La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, acercarse a lo que siente sin la necesidad de que lo exprese, intentando entender su momento en un ambiente de respeto.

   Aprender a ser empáticos es un gran avance en nuestra capacidad de relacionarnos con nuestros semejantes, de ser capaz de ayudarlos sin juicios dañinos.

   Cuando los niños son muy pequeños piensan que son el centro del mundo, que todo gira alrededor de ellos, poco a poco van identificándose con las emociones de los otros, de los personajes de los cuentos, por ejemplo, de esta manera comienzan a desarrollar la capacidad de empatizar.

   Los niños y niñas aprenden con el ejemplo de los adultos. Aprenden imitando sus comportamientos. Si los adultos prestamos atención a las cosas que les ocurren y les hacemos ver que nos importan y tenemos en cuenta sus opiniones, con seguridad, haremos que sean empáticos con los demás. Las situaciones cotidianas son la escuela para el aprendizaje de la empatía.

   Son muchas las ocasiones en que los adultos llegamos a convertirnos en padres y madres con la capacidad de empatía dañada. Cuando fuimos niños puede ser que no fuéramos escuchados, que no fuéramos respetados en nuestras opiniones que se negaran nuestros sentimientos y emociones, que se minimizaran nuestras necesidades de consuelo o no se valoraran nuestras muestras de cariño.

   Como en tantas otras cosas, si queremos que nuestros niños y niñas sean empáticos volvamos la vista hacía nuestro interior, curemos nuestros pequeños o grandes daños emocionales o al menos seamos conscientes de ellos como un primer paso para la cura y nos convertiremos en el adulto acompañante que nuestros niños merecen tener.

Dedicado a Alicia y ese muñeco que ella adoraba.


No hay comentarios:

Publicar un comentario